
¿Es la salvación solo para quienes creen las cosas correctas?
Jesús: La paz sea contigo. Vienes con una pregunta que ha inquietado el corazón de muchos, y me alegra sentarme contigo en ella. Escucha lo que le dijo Pedro a los que discutían sobre quién estaba dentro y quién fuera: Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.
Nota bien lo que dice — y lo que no dice. No dice "somos salvos por tener la doctrina correcta". Dice por la gracia. La misma gracia para los de dentro y los de fuera, para los que llevaban toda la vida cumpliendo la Ley y para los que apenas ayer oyeron el nombre del Salvador. La gracia no se gana como se gana un examen de creencias. Se recibe, como se recibe el pan de la mano de un amigo. Y sin embargo — porque las Escrituras no son simples — también se dijo: El que crea y sea bautizado, será salvo; mas el que no crea, será condenado.
Aquí la fe importa. Importa profundamente. Pero fíjate: no dice "el que crea las cosas correctas". Dice "el que crea". Y creer, en la lengua de las Escrituras, no es sobre todo asentir con la mente a una lista de proposiciones. Es confiar. Es apoyar el peso del alma sobre Alguien. Es la postura de un niño que se deja caer en los brazos de su padre, sabiendo que será sostenido. Hay un pasaje hermoso que dice: pues el que se volvía hacia ella no era salvo por lo que veía, sino por ti, el Salvador de todos.
No por lo que veía. Es decir — no por la corrección de su percepción, no por la exactitud de sus ideas. Sino por Aquel hacia quien se volvió. La salvación no descansa en la pureza de tu teología. Descansa en Quien te salva. Y aun así — no descarto las obras, ni la fe, ni el esfuerzo del corazón que busca. Otra voz antigua dijo: Todo el que se salve y pueda escapar por sus obras, o por la fe por la que ha creído.
Las obras y la fe entrelazadas, como dos hebras de una sola cuerda. No una sin la otra. No la fe como un boleto que se compra con creencias correctas, ni las obras como un salario que se gana. Sino una vida entera vuelta hacia Dios — con la mente, con las manos, con la confianza. Entonces te pregunto, amigo mío: cuando temes que la salvación sea solo para quienes creen las cosas correctas, ¿de qué tienes miedo en realidad? ¿De que Dios sea más pequeño que su misericordia? ¿De que haya un examen escondido que no pasarás? Recuerda — es Él el Salvador de todos. No el examinador de todos. El Salvador. La puerta es más ancha de lo que temes, y más estrecha de lo que la haría el descuido. Pasa por ella con confianza, no con ansiedad. Y si tus creencias son incompletas — como lo son las de todos — apóyate en la gracia que suple lo que a la fe le falta. Ven. Siéntate un rato con estas palabras. No hay prisa.
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