¿Cómo mantengo la fe en una enfermedad crónica?

¿Cómo mantengo la fe en una enfermedad crónica?

Jesús: La paz sea contigo, amigo, amiga, tú que llegas con esta pregunta que pesa en el cuerpo antes de pesar en el alma. Quiero sentarme contigo despacio, porque la enfermedad crónica no es un episodio que se cierra. Es un compañero de camino que no se marcha cuando uno querría. Y la fe, dentro de ella, no se parece a la fe del que sana en una tarde. Es otra cosa. Más lenta. Más honda. A veces más silenciosa. Escucha lo que dice Ben Sirá, ese sabio antiguo que conocía la fragilidad del cuerpo: Hijo mío, en tu enfermedad no te descuides, pero reza al Señor, y él te curará. Fíjate en el orden de sus palabras. Primero: no te descuides. La fe no te pide que abandones tu cuerpo ni que desprecies los cuidados. Al contrario. Cuidarte es ya un acto de fe — es decir con tus gestos que esta vida que llevas es un don que merece atención. Y luego: reza. No como quien exige, sino como quien se apoya. Los dos van juntos: la mano que toma la medicina y la mano que se abre en oración son la misma mano. Y más adelante el mismo sabio dice algo que a menudo se olvida: Porque ellos también pedirán al Señor para que prosperen en el diagnóstico y en la curación para el mantenimiento de la vida. Aquí hay una ternura enorme. Los médicos, los cuidadores, los que te acompañan — ellos también oran, aun sin saberlo, cuando trabajan bien. Dios no está solamente en el silencio de tu habitación. Está también en las manos de quien te atiende. La fe crónica aprende a reconocerlo en muchos rostros. Pero sé que hay días — quizá muchos — en que la oración misma se vuelve difícil. En que el cuerpo cansado no encuentra palabras. Para esos días te dejo el salmo que dice: Entonces dije: «Enfermedad mía es esta; traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo». Mira lo que hace el salmista. No niega su dolor. Lo nombra: enfermedad mía es esta. Y luego, sin fingir alegría, hace un solo gesto: recordar. Trae a la memoria los años en que Dios estuvo cerca. La fe en la enfermedad larga no es sentir siempre la presencia de Dios. A veces es solo recordar que estuvo. Y confiar que el mismo que estuvo, está. Y para los días en que la esperanza flaquea, guarda en el corazón esta frase pequeña y valiente de un hombre herido en el libro de los Macabeos: no desesperando de mi situación, sino teniendo gran esperanza de escapar de la enfermedad. No te pide certeza. Te pide no desesperar. Hay una diferencia enorme. La esperanza no es saber cómo termina. Es negarse a cerrar la puerta. Así que, amigo mío, amiga mía, mantén la fe así: cuidando el cuerpo sin culpa, orando aun con pocas palabras, dejándote acompañar por manos humanas que también son instrumento de Dios, recordando cuando no puedas sentir, y rehusando desesperar aunque no veas el final del camino. Y en los días peores, cuando nada de esto parezca posible, basta con respirar y decir: aquí estoy, Señor, todavía aquí. Eso también es fe. Quizá la más pura. ¿Qué parte de tu camino sientes hoy más necesitada de luz?


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